Cuba

Máximo Gómez frente a la Enmienda Platt

Foto: Dunia Álvarez Palacios

«Hay que tenerle mucho miedo, primero a los pretextos y después al oro y a los cañones de los imperialistas del Norte». Con esa advertencia, y en ese orden, el general Máximo Gómez Báez delineaba sus tres grandes preocupaciones acerca del destino de Cuba durante la ocupación militar por Estados Unidos (1899-1902). Dos meses después de esa alerta, por Orden Militar no. 301 del 25 de julio de 1900, se ordenó la elección de los delegados a la Convención, que debían redactar y adoptar una Constitución para el pueblo de Cuba, y plantear –«sugerir», según precisión del gobernador militar Leonard Wood– las bases que habrían de presidir las relaciones entre ambos países.

Desde el propio mes de septiembre, fecha en que se efectuaron las elecciones para la Convención Constituyente, Máximo Gómez, en cartas a personas de su confianza, confesó sus inquietudes en relación con los móviles que podían condicionar la Orden Militar estadounidense. Al Generalísimo le preocupaba la «mala coletilla» que arrastraba el trascendental encargo de la Convención. Más tarde, y sobre la base de esos criterios, declaró al general Bernabé Boza: «República sí tendremos General de eso no le quede a usted la menor duda», pero advertía: «lo que sí tenemos es que pensar con la calma y la prudencia que reclaman estos asuntos, cuál será la forma más conveniente en su parte exterior».

Lo expuesto explica la importancia que desde un inicio le concedió Gómez a la elección de los constituyentes. Eran meses de intenso trabajo del Partido Unión Democrática, en el cual militaban figuras importantes del autonomismo, interesado en priorizar las demandas comerciales del pujante Movimiento Económico que se desarrollaba en la Isla. Para Gómez, en cambio, la prioridad era política: «La República es lo primero, lo esencial, el punto hacia el cual hay necesidad de aglomerar, sumando sinceramente, todas las energías honradas y todas las fuerzas de la Isla. Este es el camino único para llegar a la realización del gran ideal.  Quien contrariamente piense es enemigo de la república, sea cubano, turco, o chino». A que la Convención Constituyente estuviera representada por individuos que coincidieran con esa necesidad vital, estratégica, le dedicó su quehacer político entre 1900 y 1901. Dada la trascendencia del acto fundador y la complejidad del escenario en que este debía acontecer, sus impresiones rebasaron los estrechos marcos de la correspondencia y dirigió sus consejos, tanto a sus antiguos oficiales del Ejército Libertador, como al pueblo cubano. En las proclamas aconsejaba:

Para que los hombres del 68, que se han mantenido fieles a la bandera de la revolución, y los del 95, no se quejen mañana inútilmente, como dice el refrán: «De haber trabajado para el inglés», me permito aconsejar a los cubanos todos, al pueblo que tanto ha sufrido que es preciso tener mucho cuidado, tacto exquisito, y mucha previsión en estos momentos históricos».

Consciente de la fuerza de la facción más conservadora, agrupada en un partido político y con el respaldo de «las clases vivas» integrantes de las corporaciones económicas, aconsejó la formación de la «agrupación única» –el Partido Nacional Cubano–, la cual debía permanecer con ese carácter hasta el establecimiento de la república. La creación del Partido Republicano, de procedencia también independentista, contrarió sus planes, no obstante, en sus manifiestos y proclamas el Generalísimo continuó abogando por la unidad: «Lo conveniente hubiera sido que hasta llegar a la República no hubiera más que un sólo partido, el Nacional; pero ya que ha surgido otro, el Republicano, con las mismas tendencias y aspiraciones, pues venga un abrazo».

 

Atender a la correlación de fuerzas en la Convención era clave, máxime cuando la convocatoria al cónclave estaba mediada por «la mala coletilla»: «Eso de ‘Ordeno’ y eso que la convención deje sentado como Principio Constitucional (eterno) la base de las relaciones políticas entre Cuba y los ee. uu., me parecen un par de esposas, o lo del clavo del fraile en el convento».

El 12 de junio de 1901, luego de constantes presiones de la administración McKinley y, en particular de su secretario de Guerra, Elihu Root, los constituyentes cubanos suscribieron 16 votos contra 11 la Enmienda Platt como apéndice a la Constitución de la República de Cuba, aprobada apenas cuatro meses antes. La enmienda, de contenido eminentemente intervencionista, prescribía en su artículo séptimo la obligación del Gobierno cubano de vender o arrendar los terrenos necesarios a su similar de Estados Unidos con vistas al establecimiento de bases navales o carboneras.

Fue ese el punto que más preocupó al general Gómez, aunque condenó la imposición de la enmienda, en tanto obstaba la concreción de su ideal de república independiente, soberana y democrática: «Indudablemente la República vendrá, pero no con la absoluta independencia con que habíamos soñado». Y en cuanto al séptimo artículo alegaba: «Muchos se han acercado a mí preguntándome mi opinión y yo la he dado francamente.  Todo cuanto desean, con ligeras modificaciones, se le puede conceder menos Tierra en ninguna forma.  Encima del suelo empapado con tantas lágrimas y sangre no debe ondear más que una bandera, la que amparó al ideal sagrado de la Patria cuando luchábamos solo en medio de la América libre, indiferente y fría.  Prefiero las cadenas del esclavo remachadas por la fuerza que la libertad a medias por la propia voluntad.  En el primer caso siquiera cuento con el respeto que siempre inspira la desgracia».

El peligro, a su juicio, era inminente: «Nunca, ni cuando combatimos a Weyler con sus doscientos mil soldados, corrió mayores peligros la patria cubana como en estos momentos. Tenemos al extranjero metido en casa, y es cuerdo pensar que sin que él lo solicite, han de sumársele las fuerzas todas que un día estuvieron frente a frente de la Revolución». Pero sus concepciones más definidas las expuso en su ensayo Porvenir de Cuba, escrito en 1902: «…ahí tenemos la Ley Platt, eterna licencia convertida en obligación para inmiscuirse los americanos en nuestros asuntos…».

La fórmula salvadora en aquel contexto no la cifraba en el enfrentamiento directo a Estados Unidos, lo cual «sería mirado por el mundo como el quijotismo más ridículo», sino en preservar y divulgar el legado del movimiento independentista, con toda la carga simbólica que le insuflaba al nuevo estado poscolonial: «Lo que tenemos que estudiar con profundísima atención, es la manera de salvar lo mucho que aún nos queda de la Revolución redentora, su Historia y su Bandera.

«De no hacerlo así, llegará un día en que perdido hasta el idioma, nuestros hijos, sin que se les pueda culpar, apenas leerán algún viejo pergamino que les caiga a la mano, en el que se relaten las proezas de las pasadas generaciones, y esas, de seguro les han de inspirar poco interés, sugestionados como han de sentirse por el espíritu yankee».

En una educación y cultura sustentadas en la ética emancipadora encontró el viejo estratega las claves que permitirían sostener la lucha por concretar los ideales de una nación independiente y soberana, a contrapelo de las tempranas limitaciones en sus derechos naturales y del influjo de la propia cultura del poder hegemónico: «Con la intervención americana armada, con la gobernación de la Isla por tres años, que le facilitó los medios de conocer bien a este pueblo, con sus cañones, con sus malecones, con sus carros eléctricos, con su idioma impuesto, con su oro, con sus mil artilleros ocupando las fortalezas, con todo eso, han dejado los americanos bien regada la semilla en esta tierra».

Por último, el liderazgo revolucionario debía evitar su creciente fraccionamiento, máxime cuando se asistía al desplazamiento de figuras procedentes del campo independentista hacia las posiciones más conservadoras del pensamiento liberal: «Agréguese a todo eso, que ya se ven inclinados a caer del lado del extranjerismo, a muchos hombres de abolengo revolucionarios». De ahí sus declaraciones al puertorriqueño Sotero Figueroa: «Aún nosotros mismos tenemos que hacer grandes esfuerzos –por más que usted oiga en estos momentos las palpitaciones de patriotismo ardientes– por ser siempre cubanos».

En la defensa de esos principios políticos, de los que nunca se apartó, estaba inmerso el Generalísimo, el 17 de junio de 1905, cuando apenas a tres años de establecida la República de Cuba, le sorprendió la muerte. Al año siguiente, las facciones políticas en pugnas electorales –moderados y liberales– invocaron al tercer artículo de la Enmienda Platt para lograr «los favores» de la intervención de Estados Unidos en el conflicto civil. Poco antes de su deceso había presagiado ese fatal desenlace, que suscitó la segunda intervención estadounidense: «La situación es gravísima, se escuchan ya latidos de revolución».

Quedarían las enseñanzas de quien no ambicionó ni pidió nada a cambio de sus servicios por la independencia del pueblo cubano. Quería que lo recordaran solo como un amigo: «Me retiro, pero sin admitir remuneración ninguna por mis servicios; me basta vuestra amistad y que no olvidéis que donde quiera que el Destino me marque el lugar de mi tienda, allí tendréis un amigo».

 

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