Cuba

Festeja centenario descendiente de los Maceo Grajales

Francisca Ulloa Romero lleva en su centenario porte el legado de los Maceo Grajales. Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera.

¿Tú me quieres?, se desdobló en ternura la anciana, y al inclinarse hacia al suelo en busca del bisnieto, el cariño empequeñeció su cuerpo, ese que no ha sucumbido en estatura ante su considerable edad. Sí, porque este 22 de agosto, Panchita cumplió cien años, aunque jamás uno diría se trata de una centenaria: su porte recto, de toda la vida, sigue en perfecta sintonía con una agilidad mental envidiable y con sus ganas perennes de amor.

Frente semejante misterio de longevidad más que a desentrañarlo, a uno solo le resta compartir la felicidad de esta cubana que tanto ha vivido y querido. En oportunidad de un nuevo cumpleaños su familia, natural y adoptiva, no escatima en afectos a sabiendas de que, para Francisca Ulloa Romero, el darse en los demás le viene de cuna y linaje.

De los Maceo Grajales

 

En la fila de los sentados, de izquierda a derecha, la cuarta es Dominga Maceo Grajales, y a sus pies su nieta Panchita. Foto: Martha Vecino Ulloa

Más aquí no hay abolengos dorados, títulos nobiliarios ni posiciones materiales que avalen su descendencia. Por el contrario, el poco tener es sinónimo de compromiso con el pueblo y con sus luchas. Panchita es una centenaria singular, de los miles que abundan en esta Isla que tanto ha hecho por la vejez en los últimos 60 años: es nieta de Dominga Maceo Grajales, hija de Mariana Grajales y por lo tanto hermana de nuestros Maceo. Incluso tiene ese aire de familia en un parecido físico increíble con Mariana su bisabuela.

¿Tú me quieres?, le inquiría Dominga a Panchita. Y ese insistir cariñoso se le prendió en el alma a la niña, que una vez hecha mujer, y ahora muy mayor, no puede quitarse “el lastre” de la herencia materna. Tampoco lo desea, porque presume oronda de sus memorias: “En cada amanecer hondureño mi abuela Dominga era puro corazón, y aunque era muy callada, recta y pulcra, yo desde pequeñita aprendí de sus buenos modales. Estos se quedaron en mí para siempre”.

A consecuencia de la Guerra de Independencia, y debido a la persecución de la metrópolis colonial, algunos miembros de los Maceo Grajales debieron emigrar tal y como lo hizo Mariana, quien murió en Jamaica el 27 de noviembre de 1893. Sin embargo, antes todos estuvieron en la Manigua mambisa. También Dominga de La Calzada Maceo, que a sus 11 años supo de los rigores de una contienda necesaria para la libertad de Cuba y de sus hijos.

Por eso cuando le tocó a ella tener los suyos (Seis: 5 varones y 1 hembra), les inculcó desde los nuevos escenarios de paz, el desprendimiento, la solidaridad y la fe en la Patria, trasladada al “altar de las pequeñas cosas del hogar” donde nunca faltó la bandera cubana. Dominga sufrió mucho pero incluso en los peores momentos, nunca escatimó el aliento vital para resistir y seguir a pesar de la partida física de los héroes de la familia.

Tal cual la recuerda la hija de Edelmira: Panchita, una de los 240 descendientes de los Maceo Grajales que viven en Cuba, y una de las pocas asentadas desde hace más de nueve décadas en La Habana. Francisca Ulloa Romero rememora a esta reportera su regreso en barco desde Honduras: “el gobierno cubano nos trajo como repatriados y nos asentamos en Santiago de Cuba. Mi abuela una vez finalizada la guerra, y estando ella en Honduras empieza a hacer gestiones para regresar y desde que llegamos a la Patria jamás faltamos a la peregrinación del pueblo cubano al Cacahual”.

Los veteranos del Ejército Libertador, con Loynaz del Castillo al frente y otras figuras políticas destacadas de la época, la distinguían, y le ponían un carro, todos los años, cada 7 de diciembre, para rendirle honores a Antonio Maceo. “Dominga, mi madre y yo fuimos muy respetadas por ellos”. No obstante, a la altura de este 2019 la bisnieta de los Maceo Grajales lamenta la falta de un transporte que la ayude a preservar la importante tradición patriótica: “hace ya mucho tiempo que nadie nos apoya en ese sentido”.

Es una lástima que eso suceda porque si algo le ha sobrado a esta cubana es “fijador” para venerar a los suyos, a la historia nacional que, en otra etapa remota de su acontecer, y por intermedio de los malos gobiernos, pudo desembocar en la claudicación. Pero no, Dominga y su prole no se quebraron: “mi abuela había pedido un crédito de 100 pesos para construir su casa en La Habana y nunca le daban, ni una cosa, ni la otra. Un día decide escribirle al Presidente de la República (Panchita no ha retenido su nombre) y este le respondió que esperara tiempos mejores, que el Tesoro estaba en crisis y que no había dinero. Le dijo a Dominga, que se sacrificara una vez más. Eso fue tremenda afrenta, aunque al final logramos tener lo nuestro, en Serrá del Paseo 26, entre Zanja y Salud, Centro Habana. Allí me hice mujer y allí también murió Dominga”.

“Mi abuela era muy sufrida, tenía un mutismo muy grande debido a sus muchos dolores y pérdidas. Por un tiempo mi abuelo, su esposo (el teniente coronel del Ejército Libertador, Manuel Romero López), le escondía las cartas que llegaban de la Guerra de Cuba. Una tarde las descubrió, guardadas bajo el alero del portal y entonces supo de la muerte de vario de sus hermanos. Fue impactante y devastador”. Confiesa mientras me sostiene la mirada desde unos ojos pardos que hacen amagos de lágrimas. Y es entonces cuando uno entiende su frase de “yo me siento también una Mariana. Mis raíces son mi orgullo; mi sostén; mi razón de ser”.

Reconocimiento a la constancia

 

Hay un tremendo parecido entre Mariana Grajales y su hija Dominga Maceo. Foto: Martha Vecino Ulloa

Errores y olvidos aparte, los cubanos de hoy seguimos con interés y reverencia todo lo relacionado con la Madre de la Patria y sus herederos espirituales y físicos. De ahí que este 22 de agosto, muchos compatriotas hayan acudido al cumpleaños de Panchita. Estuvo Víctor Dreke de la Asociación de Combatientes de la Revolución, Raúl Feraudy Espino, de la Comisión José Antonio Aponte, de la UNEAC y también Nisia Agüero, personalidad destacada de la cultura y amiga de la familia.

Conocedores de la más grande pasión de Panchita, la música, se hicieron acompañar de los trovadores, José Antonio Caña y Osmar Noriega, ambos cultores del filing, sonoridad que a la centenaria le “pone la piel de gallina de tanto que me gustan las canciones lindas”. Decenas de personas la acompañaron al cantarle felicidades en sus muy bien llevados 100 años. Y hubo alguna que otra broma de que para el “año que viene hay que cerrar la calle”.

Sencillez que honra

A Panchita le encanta la música y sus familiares y amigos le agasajaron con filing en su cumpleaños 100. Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera.

Me confesó que cuando se levanta lo primero que hace es encender la radio porque “sin música y sin noticias no puedo ya vivir. Me encanta Radio Progreso, es mi emisora y no me pierdo su Programa Juventud 2000”. Me aseguró que la música le ha servido de aliciente para el trabajo, que según ella es la fuente de su longevidad: “Si he llegado hasta aquí, como usted me ve, es gracias al trabajo. Empecé muy jovencita. Estudié taquigrafía y mecanografía, que era una buena elección para las muchachas de mi tiempo, empezando mi trayectoria laboral en el Ayuntamiento de la ciudad, en la Habana Vieja, pero ahí estaba mano sobre mano”.

Entonces por la década del cincuenta del pasado siglo un día se le acerca Alberto Alonso quien necesitaba alguien que lo ayudara en las gestiones de su Escuela de Ballet, muy cercana a los predios de la actual Heladería Coppelia. “Tanto me gustó, por la calidad humana de los Alonso, que ahí me quedé hasta la jubilación”.

Cuenta que demás de secretaria, cosía para la calle ante la necesidad de mantener a la familia con un estándar decoroso porque el salario era insuficiente. Eso lo admite sin una pizca de inferioridad ni de vergüenza porque entre las muchas enseñanzas inculcadas por las mujeres de su estirpe, está el ser por excelencia guardiana de la educación y del buen desempeño del hogar pues “¿qué sería de la Patria sin ciudadanos educados y preparados como debe ser?”, me pregunta una Panchita que sabe de sobra la respuesta. Su abuela Dominga, que lo aprendió de Mariana Grajales, vivió del esfuerzo propio y nunca de la caridad. De igual modo lo ha hecho por espacio de muchos años Panchita.

La Habana su gran hogar

De Mochilera, Honduras, el lugar en que nació, se le escapan las imágenes. No así de Santiago de Cuba, donde primero se asentaron los Maceo Grajales, sin embargo, Dominga y Edelmira, a diferencia de otros descendientes, prefirieron la capital porque les era más fácil para poder estar en todas las efemérides.

Además, en un arranque de sinceridad, Panchita me admite que “La Habana es mágica y bellísima. A mí me cautivaron sus cines”. A pesar de que ya no sale, sí recuerda con pleno goce sus tardes en las salas de la ciudad, principalmente las de la calle Reina (Centro Habana). “Había un día que se llamaba de Las Damas, y las mujeres por ese concepto entrábamos gratis: yo aprovechaba para ir con mis amigas a varias tandas en una misma jornada”.

Y con un guiño malicioso me dijo: “Como soy tan golosa, antes de ir al cine, me acercaba al Ten cent (Mercado) de Galiano para atiborrarme de chocolates, y como no engordaba me podía dar ese gusto. Todavía lo hago”. Llegado a ese punto se le hace agua la boca, pero inmediatamente recoge el gesto y lo sustituye de nuevo por el infantil y casi ingenuo de “¿Tú me quieres?” porque justo en ese momento el bisnieto cruza por la sala.

Estirpe mariana

La despedida se hace de manera sencilla aunque sumamente emotiva, usual en esta nieta y bisnieta de mambises. Con un apretón entre suave y firme, Panchita vierte en sus manos la esencia de su existencia digna. Y uno no puede menos que recordar aquellas palabras de José Martí, a propósito de la muerte de Mariana Grajales, que evoca una carta llegada a la redacción de Patria donde se leía: “(…) no hay corazón de Cuba que deje de sentir todo lo que debe a esa viejita querida, a esa viejita que le acariciaba a usted las manos con tanta ternura”.

Esta habanera de adopción confiesa vivir orgullosa de sus raíces patrióticas. Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera.

(Cubdebate)

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